Cuba sabe… pero no come


Cuba sabe a sal. A sal y a azúcar prieta. Antes supo a raspadura y a guarapo. Alguna vez supo a manjúa y a tamal picante. Hubo un tiempo en que solo tenía sabor a harina de maíz y aguacate y otro en que supo a plátano burro, sabor este que algunos optimistas confundían con el gusto de la manzana.

Cuba también sabe a romerillo, a canela en rama y a comino. Sabe mucho a ají cachucha y a salsa de tomate mezclada con mojo de cebolla y ajo.

Es bonito que la cocina cubana sea patrimonio cultural de la nación, pero más bonito aún sería que se recuperara la cultura de que la gente coma y no solo suspire por la comida.

Cuba sabe, ya lo sabemos, pero no come. En las carnicerías los salames no son de colores, como esos que hemos visto en rápidas imágenes de la televisión, en ese lujoso evento sobre nuestro sabor. La jamonada especial —el corrector ortográfico ha subrayado en rojo la palabreja jamonada— solo tiene de extraordinario su color carmelita y su olor a animal casi muerto y así y todo la devoramos cuando aparece misteriosamente en las carnicerías estatales donde hace décadas no se vende carne.

El bloqueo norteamericano es brutal, nos ha dejado sin carne de res, con carne de cerdo a 50 pesos la libra, con pollo traído de lejanos parajes, inflados de antibióticos y hormonas.

Tenemos el recuerdo de que Cuba sabe. Sabemos que sí porque todavía cuando la abuela se esfuerza brota de sus cazuelas un ajiaco oloroso y que levanta a un muerto, pero esto no puede suceder todos los domingos, porque el próximo ya veremos lo que se resuelve.

Cuba sabe de memoria que la cerveza para bañar un arroz con pollo a la chorrera, sabe bien, fría o en el remoto amargor del ensopado arroz dominguero, pero también sabe que para conseguir una cerveza cubana hay que ser mago o tener mucha suerte.

Cuba sabía a zapote, pero ahora los niños y niñas no han visto un níspero ni lo han sentido deshacerse en la boca. Cuba supo a guayaba del Perú, a mangos de cien nombres, a ciruelas, mamoncillos, tamarindo y naranja. Cuba supo a naranja, toronja y mandarina, pero el bloqueo acabó en una generación con todos los campos de cítrico de Matanzas y la Isla de la Juventud.

Ahora Cuba sabe a picadillo enriquecido —Dios sabrá qué es eso—; a tubos de picadillos importados, de pavos malnacidos de allende los mares, de pollos desafortunados del más allá, de reses bien picoteadas. Cuba sabe a hamburguesas que parecen plásticas cuando se fríen, a salchichas que llamamos perritos, arenosas y adictivas, perfectas para enfermar a niños y niñas hambrientos.

Cuba sabe a mala comida, y nos salvamos por nuestra costumbre ancestral de comer frijoles con arroz, porque si fuera por la dieta de proteína animal, no hubiéramos sobrevivido.

Hace unos pocos años, los pobres se representaban un pan con tortilla. Ahora nadie invita a comer huevos, porque estos hay que contarlos como joyas.

Las mesas de los bien plantados podían degustar almuerzos lezamianos, no todos los del pueblo llano lo podían hacer, ni hemos conocido nunca los detalles de tanta finura. Pero el olor a caramelo a punto para acompañar un flan o el sabor de la raspa de natilla, todo el mundo sabe qué cosa es.

Y ahora, cómo se hace una natilla, si los huevos son sagrados, la leche es hasta los siete años, la maicena es rareza en CUC. Cuba supo y dejó de saber. El bloqueo nos ha quitado los huevos rellenos, los merenguitos asados con el tenedor, directamente en la candela, y el arroz con leche.

Cuba sabe y olvida. Y se ofende cuando en la televisión presentan la noticia de que se hacen quesos en Cuba, que algún día comeremos, tal vez cuando Odiseo regrese a Ítaca, o cuando al fin termine el tapiz su tierna esposa fiel.

Quesos, quesos, quesos cubanos. Cuba sabe, pero no come quesos hace mucho. Y si algunos han perdido la sensibilidad es hora de recordarles que este pueblo no come comida de calidad hace mucho tiempo.

No es un buen lugar Cuba para hacer un evento sobre cocina, culinaria, gastronomía, porque no es nuestro fuerte comer. Hagan eventos sobre resistir, sobre respirar hondo, sobre esperar bajo el sol, sobre confiar y tragar en seco, pero no sobre el sabor que supuestamente tenemos.

Cuba sabe, claro que sabemos, sabemos a qué sabe el pan de la libreta y no creemos en que lloverá café en el campo ni en las propiedades de la leche de búfala, ni en las bondades de la carne de avestruz.

Recuerden que Cuba supo a gato en los noventa. Vamos a practicar la humildad de los pueblos esforzados y volver a pedirle a la Virgencita para que nuestros hijos e hijas no dejen de desayunar en el 2020. Y vamos a mirar hacia otra parte cuando en la televisión los bienaventurados degusten salames con más colores que el arcoíris, en un evento sobre el sabor de la patria.

 

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