Habitar la casa


La arquitectura constituye una suerte de quinta piel que los seres humanos nos echamos por encima para garantizar nuestra supervivencia. Los inmuebles privados devienen zonas sagradas en las que transcurre la mayor parte de la vida. En ellos nacemos y morimos, amamos, odiamos, lloramos, sonreímos… Sin embargo, el espacio doméstico no siempre se corresponde con un espacio físico. Muchas veces se transforma en un lugar inmaterial, en una zona sagrada que se empapa con el brillo de lo mitológico. “El hogar está donde descansa el corazón”, reza un proverbio norteamericano. La casa, el sitio de descanso, el campo de batalla de lo cotidiano radica allí donde palpitan nuestros sentimientos.

Palacio de la Memoria, instalación, 2019. Fotos: Maité Fernández

 

Sobre estas cuestiones discursa Escenas domésticas, muestra personal del joven artista Ronald Vill, que por estos días acoge la capitalina galería La Nave, sita en 18, entre 5ta. y 7ma., Miramar. Con curaduría de Andy de Calzadilla y asistencia técnica de Miguel Ángel García, la propuesta incluye fotografías e instalaciones realizadas entre 2018 y el presente año.

La casa en cuanto espacio arquitectónico; la casa como espacio emocional cimentado en la memoria y la tradición. Precariedades, supervivencias, abluciones diarias y rituales de aniversario: en esta sugerente propuesta, Ronald recurre a su propia existencia, a sus recuerdos y fotografías personales para articular un texto visual íntimo y conmovedor.

Desde los niños a punto de romper una piñata confeccionada con periódicos hasta el pastel de cumpleaños hecho exclusivamente con arroz, o la mesa, apertrechada con vasijas artesanales, que hace las veces de bunker o trinchera: las fotografías incluidas en Escenas domésticas nos ofrecen una visión incisiva y sincera de los avatares familiares del artista (similares a los de muchas familias cubanas) que alcanzan su cenit en la instalación Palacio de la memoria, compuesta por un amplio conjunto de instantáneas hábilmente intervenidas con golpes de luz que muchas veces borran o sumen en el anonimato los rostros de los representados. Es aquí donde la muestra alcanza su máximo nivel de saturación, tanto por el acertado tratamiento de las imágenes como por las temáticas que abordan, entre ellas, el desnudo masculino, visto desde una postura directa y desprejuiciada a la que el arte cubano contemporáneo no nos tiene acostumbrados.

El Cumpleaños, Impresión digital de pigmentos, 2018.

 

En mi opinión, la muestra es esencialmente fotográfica, si bien está debidamente complementada con dos instalaciones que tributan al corpus curatorial. Dichas piezas son La pared y Ladrones, ambas realizadas en el presente año. La primera se corresponde, precisamente, con una pared confeccionada con arroz crudo. Me resultan sorprendentes la sencillez y la polisemia presente en esta pieza, que guarda puntos de contacto con El cumpleaños, una de las instantáneas más significativas de la exposición. Al mismo tiempo, nos remite directamente a la precariedad y la improvisación de las que hablé anteriormente; también podemos asociarla con la resistencia, la fortaleza de los vínculos familiares, y con el tradicional empleo del alimento, del acto de comer en familia, como ritual aglutinante del hogar: algoritmo que, desgraciadamente, las cada vez más aceleradas dinámicas del mundo contemporáneo van relegando poco a poco a segundos o terceros planos.

Por su parte, Ladrones, si bien constituye la pieza menos coherente dentro de la propuesta, también nos remite al hogar, en específico a la necesidad de protegerlo, pues la obra se compone de los populares picos de botella que suelen cementarse en los bordes de muros y tapias para evitar el ingreso de intrusos a los inmuebles.

Escenas domésticas es una muestra interesante, construida en torno a una idea clara que fue desplegada con eficacia. No dudo que, una vez usted la recorra, se sienta invadido por el recuerdo de esos tantos momentos personales, íntimos, difíciles, únicos, que atesora en los archivos de la memoria. Volverá a su casa, a su hogar: al inmueble, y también a ese espacio, cálido y refulgente, frío u opaco, construido a base de recuerdos, omisiones, gritos, silencios, alegrías y tristezas.

Ladrones, acero, conglomerado de maderas, vidrio y audio grabado, 2019.

 

Sigamos de cerca el trabajo de Ronald Vill, y esperemos, de su parte, nuevos y mejores proyectos expositivos. Ahora, disfrutemos de Escenas domésticas, una de las disímiles exposiciones que La Nave ha acogido con tino e inteligencia durante los últimos meses.



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