Irlandeses


Hearts with one purpose alone

Through summer and winter seem

Enchanted to a stone

To trouble the living stream


“Easter”, 1916

W. B. Yeats

 

Gran Bretaña fue el primer poder capitalista global. Hoy puede resultar difícil de digerir, pero hubo un tiempo donde todo lo que se movía en este planeta tenía a los británicos como acelerador o como freno. En la pugna con la Francia revolucionaria, transformada en napoleónica, emergió victoriosa y en su cenit, el imperio se extendía desde el far east y Australia hasta la Argentina. Imperio estrenado ya distinto como imperialismo capitalista, pero no menos brutal y depredador. Por la misma razón, Gran Bretaña fue cuna del primer partido obrero del mundo, del ludismo, pasando por la liga de los justos convertida en de los comunistas, hasta el laborismo. Gran Bretaña fue el modelo más puro que Marx hallara para estudiar los resortes de la sociedad capitalista y desnudar el núcleo de su reproducción y persistencia, a la vez germen inevitable de su transformación. Los barrios obreros ingleses tienen un “no sé qué” distinto a los barrios obreros de otras geografías. Su distintiva urbanización de casas estrechas sin portales, sus calles desadornadas, sus ladrillos desnudos.

Liverpoool fue, durante muchos años, puerto importante para la inmigración irlandesa. Fotos: Internet

 

El Liverpool portuario e industrial carga múltiples historias de diversos signos. Tiene el triste pasado de que el 40% del comercio esclavo en el mundo, a finales del siglo XVIII, ocurría a través de barcos emplazados en la ciudad. Para 1799 los barcos de la ciudad cargaban 45 mil esclavos. Su importancia en la revolución industrial puede calibrarse si se considera que el primer tren de pasajeros del mundo unió a esta ciudad con Manchester. Liverpool fue una ciudad particularmente devastada en la guerra mundial al ser la urbe, después de Londres, más bombardeada por los fascistas. En 1956 la empresa de trenes de la ciudad, operando en la región portuaria para el traslado obrero, había cerrado, y el año siguiente el sistema de tranvías de la ciudad le siguió. La pérdida de puestos de trabajo se acentúo con el tiempo, lo que trajo el declive de su población. El ambiente fue fértil para la música skiffle, una mezcla de blues y jazz traída de los Estados Unidos y que en el Reino Unido se mezcló con las tradiciones locales.

Liverpoool fue, por muchos años, puerto importante para la inmigración irlandesa por su cercanía a la otra isla. A esa ciudad arribaron decenas de miles de irlandeses que se establecieron en sus suburbios, llegando a ser más de un cuarto de la población de la ciudad, dándole parte de su característica visión de pobreza. Hijos emigrantes de la Irlanda paupérrima, víctima de sucesivas y devastadoras hambrunas que marcaron su evolución social, dentro de una cruel y férrea tiranía colonial británica que comenzó desde la invasión normanda en el siglo XII. La ocupación de la isla vino a consolidarse después de la guerra de las rosas y ya para el siglo XVII, con las plantaciones del Ulster, se impuso la usurpación de tierras de los nativos para entregárselas a los ingleses. Desde entonces hasta hace muy poco la isla ha sido escenario de una de las luchas emancipatorias mas largas de la historia.

Hijos de la Segunda Guerra Mundial, los cuatro Beatles crecieron en un entorno sumido en la destrucción de la guerra y las dificultades que le siguieron. Los integrantes de los Beatles comenzaron en Liverpool como practicantes del skiffle antes de formar grupo juntos. Hay bandas que se reinventan constantemente con un sonido que evoluciona y revoluciona con el tiempo. Los Beatles de Revolver no son los mismos que los de Sargent Pepper´s Lonely Hearts Club Band, que no son los mismos que los de White album, Let it be o Abbey Road. En la proyección social, una banda tensionada por las distintas lecturas que de su realidad y su papel en ella hacían sus integrantes, los llevó en esa área a no actuar como colectivo. Tampoco tenían que hacerlo. Quizás, a la luz del tiempo, de todos sus integrantes el más consecuente, en ese aspecto, sea Ringo: nunca tuvo realmente intereses políticos explícitos y sus aspiraciones no iban más allá de hacer música que gustara.

Hijos de la Segunda Guerra Mundial, los Beatles crecieron en un entorno sumido

en la destrucción de la guerra y las dificultades que le siguieron.


 

En el otro extremo, John fue precisamente el más desgarrado por sus propios dilemas. Con genuinas preocupaciones de izquierda, su radicalismo no llegó nunca a ser en realidad socialmente raigal. Puede ser que su muerte impidiera la evolución a otras consecuencias, nunca lo sabremos. Su elevación a icono de rebeldía tiene más que ver con el mito que con la realidad de su vida, pero sirve igual. John quedará, probablemente, como el arquetipo de iconoclasta social de la clase media de los países industrializados.

Lo que es menos conocido es que John, en su madurez, se reconocía a sí mismo como irlandés y así lo afirmó en varias ocasiones. John Lennon era descendiente de irlandeses por parte de su abuelo paterno, quien emigró a Liverpool, donde conoció y se casó con la también irlandesa Polly Maguire. En 1971, durante una manifestación, Lennon afirmó que “si se trata de escoger entre el IRA y el ejército británico, yo estoy con el IRA”, mientras no dudaba en exhibir un cartel que decía “victoria para el IRA contra el imperialismo británico”. A la tragedia colonial irlandesa, John le dedicó dos canciones: “Sunday bloody Sunday” y “The Luck of the Irish”, ambas aparecidas en su álbum de 1972 Some Time In New York City. Para su retiro, que nunca ocurrió, la pareja de John y Yoko habían comprado la pequeña isla irlandesa de Dorinish, donde querían construir una casa. Su asesinato terminó con el sueño.

John Lennon se reconocía como irlandés y así lo afirmó en varias ocasiones.

 

Aunque se resistiera a las etiquetas y contendiera públicamente la posibilidad de ser uno de los líderes de la sublevación juvenil de los 60, esa terminó siendo su imagen para la posteridad. “Nowhere man” retrata los dilemas de una etapa de su vida. Su pacifismo en mucho no rebasó la anécdota y, sin embargo, “All you need is love” e “Imagine” son, sin dudas, dos de las canciones que marcan el siglo recientemente fenecido. John tuvo el valor de responder a la urgencia de salirse de los moldes a los que los Beatles habían terminado atados, para salir al encuentro de la imperfecta, pero genuina imagen que se había hecho de sí mismo. Yoko no fue causa, solo catalizadora. John nunca buscó en el ayer la nostalgia que sirviera de falsa almohada para evitar las angustias del hoy y el ahora. Su muerte borró inconsecuencias y nos lo dejó rabiosamente bello e irredimible: así quedará en las mentes de quienes lo quisieron.

Otros no merecen el mismo tratamiento.

U2 tiene en su origen todo el medio de cultivo que haría prever un compromiso social. Apenas habían rebasado la adolescencia cuando entraron en el mercado del rock con Boy. Viniendo en los 80 de una isla contorsionada por siglos de batalla independentista, Irlanda por aquellos años era la geografía social más violenta de Europa. Las guerras cuyas causas se esconden detrás de la divergencia religiosa suelen ser las más recurrentes en la historia y, a la vez, las que más penetran el tejido social en todos sus estratos para hacerlas particularmente cruentas, ajenas por momentos prolongados de toda contención humana.

Después de más de una década de alto al fuego, aún hoy, caminar las calles de Belfast ofrece, al visitante, el contraste de barrios segregados social y nacionalmente, y la prevalencia ambiental de esos barrios humildes, históricamente obreros, tan arquetípicos de esa Inglaterra volcada en Reino Unido.

Quien absorba el ambiente que James Joyce recrea en Dubliners puede atisbar un tanto de la, lentamente evolutiva, idiosincrasia particular del irlandés. Todo ello como realidad y no como escenario. Caminar por las calles de Belfast produce la sensación de estar en la otredad aún colonizada y no en la centralidad colonizadora. Entendiendo a Irlanda del Norte se entiende mejor la naturaleza del imperialismo británico por el mundo.

Y a pesar de todo ello, U2 se lo pierde. Se lo pierde, a pesar del remake de “Sunday Bloody Sunday”.

La cabriola de un Bono aparentemente rebelde que acabó por abrazar al neoliberalismo. La banda fetiche de la tercera vía y arquetipo de lo políticamente correcto: fachada de insolentes activistas sociales y fondo de, sí, activistas sociales, pero con función acomodadora de las tensiones al statu quo. La evolución de sus conciertos marca las etapas de su reconversión. Bono hizo el viaje desde apoyar la Revolución Sandinista en los 80, pedir la condonación de la deuda externa de los países más pobres a principios del nuevo siglo, hasta declarar en la conferencia de Davos de julio del 2019 como una hazaña insuperable, que “el capitalismo ha sacado más gente de la pobreza que ningún otro sistema”, a la vez que halagaba al FMI a través de su presidenta Christine Lagarde. En el 2014, el periódico mexicano La Jornada reseñaba el libro de Harry Browne “Bono: en el nombre del poder”, que desnudaba el supuesto filantropismo del músico irlandés. La publicación mexicana remataba al narrar cómo Bono y su esposa crearon una empresa textil “en África para apoyar a los artesanos locales, pero como los costos eran muy altos, mandaron la maquila a China, para luego vender el producto como si hubiera sido fabricado en África”. Políticamente correctos e hipócritas hasta el final.

 Bono no es Lennon, o como lo dijo laconianamente Bill Easterly en el Washington Post:

Lennon was a rebel. Bono is not”.


 

El posturing de la agrupación llevó al periodista Dean Van Nguyen a comentar en The Guardian, en julio del 2017, que los músicos, afamados mundialmente, no compartían el mismo grado de empatía en su isla de origen donde su legado era enfrentado con reacciones encontradas.

Claro está, el mediático Bono no podía perder la oportunidad de posar a las cámaras en el 2015, al lado de Yoko, para pretender apropiarse del legado irlandés de Lennon. Pero Bono no es Lennon, o como lo dijo laconianamente Bill Easterly en el Washington Post: “Lennon was a rebel. Bono is not”. Para justificar su apreciación, Easterly argumenta que Lennon “era un cruzado moral que retaba a los líderes mundiales que él consideraba actuaban mal. En contraste Bono se ha vuelto una especie de celebridad experto en política (…). Él no cuestiona el poder, más bien lo abraza”. Después de aparecer junto a Bush Jr. en el 2002 y hacer un tour benéfico por África con el presidente del Departamento del Tesoro de los EE.UU., ambas acciones con poco resultado real y concreto, Bono tuvo la sinceridad de declarar que “Mi trabajo es ser usado. Estoy aquí para ser usado. Solo que ¿a qué precio? Como sigo diciendo, no soy una cita barata”. Para su actitud parecen dichas aquellas palabras que su correligionario Oscar Wilde dijera sobre los altruistas de la Inglaterra decimonónica victoriana: “Igual que los peores esclavistas eran los que trataban bien a sus esclavos, pues impedían que las víctimas reparen en el horror del sistema (…) hacen más daño aquellos que pretenden hacer el bien”. Bien vale que Bono lea más a fondo a su compatriota, que fue lapidario: “… es injusto utilizar la propiedad privada para mitigar los horribles males que causa la propia institución de la propiedad privada. Injusto e inmoral”.

El espectáculo unipersonal de Bruce Springsteen en Broadway, que causó furor entre el 2017 y el año pasado, testimonia cuánto de genuino hay en este artista norteamericano. A un Springsteen con demasiada raíz irlandesa, lo describe aquello que Yeats dijera de un coterráneo: “Siendo irlandés, tenía un sentido persistente de la tragedia, la que lo sostenía a través de períodos temporales de alegría”. La tatarabuela de Bruce era una irlandesa que desembarcó del Arctic S.S. en Nueva York, por allá por 1852 con dos hermanas, para asentarse en la localidad de Freehold en New Jersey. Las hermanas venían huyendo de la hambruna de la papa. Springsteen, según su propio testimonio, creció en una de las cinco casas de su familia, a un costado de la iglesia católica del vecindario, todas habitadas por irlandeses de la vieja escuela que lo criaron.

Bruce Springsteen.

 

Ninguna banda mainstream de rock refleja mejor su origen que Bruce Springsteen y The E Street Band. En todos sus desempeños hay una distintiva manera blue collar de actuar y comportarse en el escenario que no acompaña a otros emprendimientos artísticos. Definitivamente urbanos, sus actuaciones transpiran el fondo rudo de donde vienen, las frustraciones históricas de los que trabajan por un salario que no alcanza, la inefable sensación de derrota y caída; pero a la vez, el misterio de seguir adelante que acompaña a los humildes. Otras bandas pueden ser caricatura de adolescentes en determinados contextos, glamur artificial, chiquillos de barrio pobre envejecidos en la malcriadez del espectáculo que terminó engolfándolos; ellos no. Ajenos al chillido pueril, sus canciones urgan profundidades desde la poesía. E street band y Bruce Springsteen nos recuerdan constantemente que en este mundo, para la mayoría de las personas, no hay tiempo para bull shitting. Y las poses son solo vanidad egoísta disfrazada de pretensión social.

Quizás por esa razón, o porque ambos son de New Jersey, o por las dos razones a la vez, es que Jon Stewart, posiblemente el comediante político más influyente de los EE.UU. en los últimos 20 años, decidió ofrecer su despedida del Daily Show con el acompañamiento musical de E Street Band y Bruce Springsteen. Es que resultaba demasiado bueno para ser pasado por alto, que el más mediático enemigo de la hipocresía política de los EE.UU. y su más conocido denunciante público, no diera fin a su paso por Comedy Central con la voz musical de la raíz más honesta de ese país. Voz que se proyecta fiel a la famosa frase de Jon: “No me voy a censurar para acomodar tu ignorancia”.

La “Triste balada de Bruce y Bono” es un artículo de Shane Hegarty publicado en el Irish Time. “Comparado con Bono —escribe Hegarty— Springsteen es de otro lugar como compositor, con cuarenta años de carrera aún escribe canciones que no solo son pegajosas, sino que realmente dicen algo inteligente sobre el mundo, su país, su pueblo”, para proseguir: “Más importante, es políticamente valiente de una manera que Bono nunca será. Toma partido. No le teme a hacer enemigos”, y termina apostillando: “Esto significa que Springsteen es auténtico y una autoridad de una manera que Bono nunca puede aspirar” a lo que le agregaría que, a pesar de toda la calidad musical innegable de U2, Springsteen es el boss.

La balada de “Mrs McGrath” cuenta la historia de un soldado irlandés que, enlistado en las guerras napoleónicas, pierde las piernas por una bala de cañón para llegar a la casa donde su madre, la señora McGrath, lo espera. La canción de 1815 fue reinterpretada por Bruce en el 2006 para su álbum, precisamente llamado We Shall Overcome: The Seeger Sessions, el único álbum suyo que no contiene ninguna canción de su autoría. En el 2009, en el Madison Square Garden, Springsteen homenajeó a Pete Seeger, el hombre que globalizó la “Guantanamera” con versos de Martí y que nunca renunció a la Cuba revolucionaria. En su discurso homenaje Bruce narra que en los ensayos, al preguntarle a Pete “cómo hacemos con ‘This land is your land’?, que será al final del concierto, él me respondió: ‘Bueno, sé que quiero cantar todos los versos, todos los versos que Woody escribió. Especialmente aquellos dos que suelen dejar fuera acerca de la propiedad privada y la oficina de ayuda’”. Pete se refería a la canción icónica del movimiento por los derechos civiles de los Estados Unidos, escrita por el comunista Woody Guthrie. Woddy también es descendiente de irlandeses, y los versos borrados, que no se cantan, de “This land is your land?” dicen:

Había un muro alto ahí que trató de pararme;

Un cartel estaba escrito, decía propiedad privada;

Pero por detrás no decía nada;

esta tierra fue hecha para ti y para mí.

Pete y Bruce la cantaron completa.

Notas:

 

1) Las citas de Oscar Wilde fueron tomadas de El crítico como artista y otros ensayos, Editorial Arte y Literatura, 2017.

2) Las citas de Bruce Springsteen son tomadas de su autobiografía Born to Run, Simon and Schuster, 2016.



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