Si Matanzas gana, ¿cómo recordarías a Víctor Mesa?


Víctor Mesa no ganó un campeonato en su carrera de 15 años como manager en Series Nacionales (Foto: Carolina Vilches)

Por Enrique Rey / contacto@swingcompleto.com

Abría y cerraba su
mano derecha sin parar que, con la tensión del momento comenzaban a ponerse
sudorosas. Su mirada estaba fija en el hombre que intentaba salir a flote,
trepado en la colina de los martirios. En algunos segundos durante aquella
noche del 18 de junio de 2013, hace casi siete años, raramente, Víctor Mesa,
parecía estar mudo. Se encerró en una esquina del extremo izquierdo del dugout
de los Cocodrilos, aferrado a celebrar un “escón de leyenda” o, tal vez
pidiéndole a los “santos”, pero lo cierto era que el polémico e inquieto
manager matancero no se movió ni un segundo.


Subió su brazo izquierdo sobre la baranda del banquillo, en la puerta de la cueva, y recostó su codo derecho al pie, que parecía sembrado en la arcilla delante del dugout de los visitadores en el estadio Augusto César Sandino. Ahí, en ese mismo escenario donde brilló muchas veces y protagonizó incontables momentos de glorias e inolvidables triunfos, VM32 parecía estar cuestionándose.

Cuando eso sucedía, el “show Mesa” casi siempre se cerraba como una ostra. Cualquiera que haya estado en un dugout con el ‘querido y odiado’ mentor, sabe que, cuando Víctor se cierra, es mejor dejarlo solo. Tranquilo. Meditando, a diferencia de las tantas veces que se precipitaba para tomar una decisión.

Pero sucede que, aquella noche, aunque VM32 nunca lo confesara, sí estaba preocupado. Nadie lo escuchó en ese instante ensordecedor dentro del final de la sexta entrada en el “Sandino”, pero el silencio de Víctor Mesa lo revelaba. Nadie se movió, al menos en la “cueva de los Cocodrilos”. Pendiente a cada detalle pero sin moverse, VM32 se preguntaba, digo yo, que no dejé de mirar cada uno de sus gestos (televisados) en aquel instante, si la vida lo recompensaría con ese ansiado campeonato que tanto buscó.


O, quién sabe… quizás no pedía tanto… Tal vez, quería simplemente que sus Cocodrilos salieran de aquel atolladero, pero la vida no le sonrió, y su principal “pesadilla”, el icónico número “13” de los villaclareños, clavó el puñal de la venganza con un ‘Grand Slam’ que aún no ha caído.

Cuando el elevado bestial de Ariel Pestano Valdés se perdía en la noche santaclareña, el legendario cátcher, ese mismo que VM32 no convocó al III Clásico Mundial de béisbol, se sentía el hombre más feliz del universo. Para entonces, la derrota apretó la garganta de Víctor Mesa, quien, como lo hacen sólo los grandes —honor a quien honor merece—, lo intentó una y otra vez.

Sin embargo, aunque
el terreno de béisbol y la vida te premian el esfuerzo, cuando no te toca, ¡no
te toca! Y, lamentablemente, para los seguidores de VM32 y aquellos fanáticos
yumurinos que no dejaban de soñar con el éxito, debieron conformarse con las
vivencias heredadas de aquellos ilustres Henequeneros que se hicieron
inmortales en la pelota cubana a inicio de los noventa.

En el béisbol y la vida, no hay nada que le duela más a Víctor Mesa que una derrota, y eso es porque, con defectos y virtudes, siempre fue un ganador, al menos como atleta. Sin embargo, como director, ni siquiera con la tenacidad de 15 años lo pudo lograr.


Estuvo cerca varias veces del título, pero cada año tuvo que conformarse con el calificativo de “segundón” o “Compay segundo”, dos conocidos apodos que la fanaticada le colgó, pues sus naranjas explosivas cayeron admitiendo sendos pases de escoba frente a los Industriales de su amigo, Rey Vicente Anglada.

Aquella experiencia
en los primeros ocho años de este Siglo XXI, le sirvió a VM32 para seguir
soñando, hasta que luego volvió con los Cocodrilos de Matanzas. Dirigió seis
años más, condenado al tercer lugar cuatro veces, y salió eliminado en dos
finales, aquella ante Villa Clara en 2013, después de su partida, y otra al año
siguiente, asfixiado por el tabaco pinareño de Alfonso Urquiola.

En cada intento, incluso cuando cumplió su sueño de tomar las riendas de los Azules de la Capital, Víctor Mesa entregó alma, corazón y vida, pero no pudo ganar. Tal vez es una condena, o simplemente un ‘capricho’ en las encrucijadas de la vida, o el destino final que le tejieron los “Dioses del béisbol”.

Sabemos de todas sus decisiones polémicas que le costaron partidos y, a la postre, campeonatos, pero ¿todo era su culpa?… ¿O los jugadores y equipos que manejó, al final, no eran tampoco lo suficientemente buenos como para imponerse?


Aquí, si nos quitamos la venda del fanatismo, tenemos que navegar en ambas aguas: Es cierto que VM32 le imprimía demasiada presión a sus jugadores, pero también les inculcó valores y fundamentos para defender su camiseta dentro y fuera del diamante.

Presionó, pero también ayudó, inculcando sus conocimientos y dando el corazón junto a buena parte de los que lucharon a su lado.

Tenía muchos defectos, incluso, posiblemente muchos más de los incontables gestos que hacía cuando subía al montículo a extraer a un lanzador, pero también hizo soñar a una provincia tradicionalmente beisbolera como Matanzas, que había perdido las esperanzas en sus jugadores.

Sin embargo, el resultado, al final, no fue el esperado, y entonces, las críticas siempre superaron a quienes, como este servidor, también admiraron su obra y todo lo bueno que entregó.

Pero, sin dudas, eso no fue suficiente. Y eso no podemos maquillarlo.


Ahora, a casi dos años de su momentánea partida de los diamantes beisboleros, de la silla caliente de un manager de pelota —quién sabe si volverá—, el legado que dejó VM32 también es parte de todo lo que están logrando estos Cocodrilos dirigidos por Armando Ferrer, pero el gran crédito no será para el “Show Mesa”.

¿O me equivoco? Es obvio. Si Ferrer gana, será el gran héroe sin dudas, pero el legado de Víctor Mesa aún sigue impregnado en el ADN de este equipo.

Por estos días,
mientras los Cocodrilos parecen estar en su año, cada vez más cerca del título
nacional, yace un espíritu, un fantasma, que sonríe, discute, lucha, se enoja,
protesta sin parar, pero ama el juego: Ese es el efecto que dejó VM32 en esos
jugadores y una provincia entera que vio de vuelta sus esperanzas, como cuando
soñaron viendo a aquellos Henequeneros de los noventa.

Si no fallan los
pronósticos, muy pronto los Cocodrilos estarán subiéndose a lo más alto del
podio. Para entonces, ¿qué sentimientos te invadirían? ¿Sería justo recordar a
VM32?

La historia se
impone, pero mandan los sentimientos: Yo creo que sí.

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