XIII edición del Concurso Uneac de Coreografía e Interpretación


Desde el año 1995, la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac) premia la labor de bailarines y coreógrafos del país con méritos suficientes para su inserción indispensable en la memoria danzaria nacional. Esta XIII edición del concurso incluyó las obras nacionales estrenadas entre diciembre del año 2017 y noviembre de 2019.

El jurado, integrado por los críticos Ismael Albelo, Yuris Nórido y Vladimir Peraza Daumont, decidió conceder el Premio de Coreografía a Raúl Reinoso Acanda, de la Compañía Acosta Danza, por su obra Satori; el Premio de Interpretación Femenina a Thais Suárez Fernández, de la Compañía Otro Lado; y el Premio de Interpretación Masculina a Emilio Hernández González, de la Compañía Folclórica Raíces Profundas.

Satori es un término japonés que designa la iluminación en el budismo zen. La coreografía narra en diferentes cuadros, cercanos a la abstracción, ese tránsito hacia la no-mente, hacia la presencia total espiritual. La obra logra momentos de gran belleza visual dentro de la precisión técnica de los mixturados movimientos corporales, que, en todo momento, son portadores del discurso escénico principal. Satori obtuvo el pasado año 2018 uno de los Premios Villanueva que otorga la Sección de Crítica de Artes Escénicas de la Uneac.

Satori. Coreografía de Raúl Reinoso. Foto: Yuris Nórido

 

En la actualidad, hay pocas bailarinas tan consumadas como Thais Suárez. Sus condiciones físicas y técnicas le permiten asimilar la contemporaneidad en todas las gamas. El virtuosismo interpretativo que desborda, le tributa una ganancia a la coreografía, difícil de rivalizar.

Thais Suárez. Foto: Cortesía de la intérprete

 

Dentro del entramado folclórico escénico, Emilio Hernández se destaca por ser un bailarín que une a la excelencia interpretativa, su creatividad en la generación coreográfica. La autenticidad que emana como resultado de sus investigaciones acerca de los patakines y orishas que interpreta, lo convierten en un bailarín impresionante.

Emilio Hernández. Foto: Cortesía del intérprete

 

Para entender la importancia de este concurso, podemos indagar en quienes lo han recibido con anterioridad. Por ejemplo, El pez de la torre nada en el asfalto, de Marianela Boán, obtuvo el Premio de Coreografía en la segunda edición. En la quinta, con Autodiscurso, Ernesto Alejo, de Santa Clara, tuvo uno de los premios. También Liliam Padrón, de Matanzas, con su Othelo, en la séptima edición. Y de las interpretaciones, podríamos mencionar a Carlos Acosta en el año 2005, a Irene Rodríguez en el 2007, o a Viengsay Valdés en el 2009, para percatarnos de que estas figuras han sentado pautas en la escena danzaria nacional e internacional. No es el simbólico aporte monetario que da el premio, sino que jerarquiza, sitúa, coloca, a la vez que reconoce.

En estos dos años que pasaron, los miembros del jurado asistimos a todas las funciones de danza que ofrecieron las compañías en la capital. Próvida fue la acogida que tuvieron agrupaciones del resto del país que aquí actuaron. También participamos en temporadas y eventos a los que fuimos invitados por algunas provincias. Todo esto permitió no solo valorar obras del catálogo habanero. La muestra fue amplia y, aun así, logramos un consenso inmediato. Felicidades Raúl Reinoso, Thais Suárez y Emilio Hernández. Ojalá los premios sirvan como punto de partida hacia nuevas ambiciones. Ojalá que lo valioso individual que demuestran, se funda con lo valioso general que el arte escénico cubano demanda. La danza y el público se lo agradecerán siempre.



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