Y en medio, La Habana


La Habana no es una sola ciudad. Es muchas en una. Hay una ciudad rápida donde hay otra lenta, lentísima, donde pareciera que el tiempo no pasa. Pero nadie se engañe, allí donde la ciudad parece dormida en su Historia (con mayúscula) también está la otra, demasiado viva. Justamente esa que se levanta muy temprano, que hace largas colas, lucha, cae y se levanta, insiste, aunque, con frecuencia, se le va la guagua. Se le va tanta gente que no regresa.

Muestra personal Habanas posibles del pintor y dibujante Luis Enrique Camejo Vento.

De la Serie Malecón Reflejo No 7, óleo sobre lienzo. Fotos: Maité Fernández


 

Hay una Habana que mira desde arriba, orgullosa de su resistencia. Y otra, que te mira desde abajo y trae las rodillas coloradas de tanto hincarlas. Está la ciudad letrada, celebrada, vilipendiada, pintada tal cual o maquillada en extremo. También tenemos la urbe marginal. La que ya no sabemos cómo salvar del derrumbe, del bache, del sinsabor diario. A todas esas partes que arman el todo citadino, a La Habana que solo será total si se le mira a los ojos profundos, apuntó la celebración por sus 500 años.

Un intento —al que se sumaron muchos— por romper el protagonismo que se arroga la parte más vieja, al punto de hacer sentir a los que viven en otros barrios que no, no habitan la misma ciudad. Porque a los que viven en La Lisa o en Playa, los boteros les dicen “Habana, veinte pesos” (con suerte esa cantidad de pesos). Algo muy parecido con los que viven en Párraga, Cotorro, Víbora y Guanabacoa. “¡Habana, vamos, Habana!”, les dicen como si no estuvieran ya aquí. Como si no vivieran aquí.

A raíz de la celebración se vieron favorecidos otros barrios con el asfaltado de algunas de sus calles. La reconstrucción de varios puntos de venta, parques, se hizo la luz otra vez en algunas arterias medio apagadas. Esta vez las vallas corrieron un poquito más allá, con imágenes de otras zonas, como diciendo, aquí también es. Algunos negocios particulares se apropiaron del eslogan para promocionar sus productos. A su manera, claro está, con un cartelito escrito a mano en la pared o sobre la carta de precios.

La celebración era, también, un intento por romper con esa mirada muchas veces elitista ante la jerga popular. Ese lenguaje callejero que demuestra que el idioma está hecho de muchas partes, es un organismo vivo y crece —muchas veces (de)crece—. En cualquier caso, el lenguaje no se está quieto en el mismo lugar y entonces, así, sin más, en cualquier sitio que puede ser una cola o la esquina, con los amigos en la escuela, en el trabajo —algunos lo dicen cuando nadie está mirando—, para expresar un gusto superior por algo inmejorable, o simplemente en tono de complicidad jodedora, se suelta la frase: lo más grande.

Frase sencilla, es cierto. Cero vuelo poético o didáctico, es cierto. Frase callejera, es cierto. Vulgar… pues no, me atrevo a decir que no llega a tanto. Yo diría más bien una figura como La Habana misma, imperfecta y accesible, una frase… que todo el mundo s-i-e-n-t-e. A su manera, claro está. Desde el barrio de toda la vida, desde los mismos vecinos y amigos de toda la vida, desde la banda sonora que, sabemos, inunda la vida toda desde que tenemos uso de razón.

Muestra personal Habanas posibles del pintor y dibujante Luis Enrique Camejo Vento.

De La Serie Malecón Pescadores acrílico sobre lienzo 2009.


 

Cada quien hace suya La Habana, a veces en una relación amor-odio, un sí, pero no, o no llega o se pasa. Cada quien a su manera, claro está, ya sea desde la crítica más feroz en las redes sociales, hasta en la más sentimental de las confesiones con respecto a la ciudad que lo vio nacer, crecer, ser lo que es hoy. Sin ella no seríamos lo que somos ahora. En cualquier caso, La Habana, siempre, en medio. Da igual desde dónde te mire.

Da igual si te mira desde el cielo iluminado de constelaciones en Galiano, cuando las noches se llenaron de una vida que hacía rato no. Y la gente caminó Italiarriba-Italiabajo entre músicas, comidas, gente conocida y desconocida que bajaba de otros barrios habaneros a ver la luz por encima de todas las cabezas, aunque pocos tuvieran el dedo sabihondo para decir cuál constelación es esta o aquella. Daba igual el apagón coyuntural de la tierra, la gente, en realidad, iba en busca de la luz.

 Muestra personal Habanas posibles del pintor y dibujante Luis Enrique Camejo Vento.

Lluvia Dorada. Mixta sobre lienzo 2019.


 

Por eso, quizás, la muchedumbre se agolpaba tratando de escuchar la gala frente al Capitolio, tratando de mirar “algo” en una pequeñísima pantalla dispuesta al poco efecto. Para que, en algún momento de la noche de máxima celebración, mientras nos mirábamos los unos a los otros esperando que acontecieran los fuegos, la gente empezara a tararear “sábanas blancas” a la par de Gerardo Alfonso. Algo que no estaba ensayado. Algo que no estaba previsto en la celebración.

O puede que sí. Puede que hayamos estado ensayando todos estos años sin saber que lo hacíamos. Esperando el momento de celebrar la huella dulcesalada, la de la existencia misma, la que nos tocó junto a tantas otras, mejores y peores, que la nuestra. La con luces y la sin luces: vivas las dos. Sin darnos cuenta que habitar por lo menos una parte de las muchas que es la ciudad, iba sumando una pieza más al eslogan que recorre hoy la Villa de San Cristóbal. La frase que unos dicen que sí, y otros que no, mientras, en medio… La Habana.



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